miércoles, 24 de abril de 2013

Espiritismo: ouija, juego de la copa y psicofonías

¿Es posible comunicarse con los muertos? Según los partidarios del espiritismo, es posible establecer contacto con el "más allá" y existen distintas técnicas y rituales que se suelen utilizar para ello. ¿Qué se puede decir acerca de esto desde un enfoque científico?


Tabla Ouija y juego de la copa

Una de las supuestas formas de "contacto" más difundidas es la famosa tabla ouija (se lee güija), un tablero con letras y números impresos con el cual -supuestamente- los espíritus  responden las preguntas de un médium, señalando las letras correspondientes. El  juego de la copauna versión del tablero ouija, es otro de los métodos utilizados para entablar el hipotético contacto con los difuntos. Un grupo de participantes colocan sus dedos índices en la base de una copa y los movimientos de la misma indican la respuesta, a medida que se aproximan a un conjunto de letras dispuestas sobre la mesa. En ambos casos, el objetivo es el contacto de los participantes con supuestos espíritus o "almas en pena", santos, ángeles, demonios -aunque también hay quienes dicen poder comunicarse con mascotas fallecidas y hasta con extraterrestres-. 

En el siguiente vídeo, el físico y divulgador Miguel Ángel Sabadell, analiza cómo funciona la ouija y utiliza el método científico para demostrar que es absolutamente inútil intentar hablar con los espíritus.

"El espiritismo ante la ciencia" - Primera parte: Ouija




Psicofonías



Otra supuesta forma de comunicación paranormal con el "más allá" la constituyen las psicofonías. Las psicofonías, también llamados fenómenos de voz electrónica, son sonidos registrados en grabadores de audio que, según la interpretación parapsicológica, son la manifestación de sonidos del más allá o las voces de los muertos. Estos registros sonoros suelen aparecer como voces diversas, ya sea de hombres, mujeres o niños y, según sus proponentes, en ciertas ocasiones se logra obtener una respuesta concreta de estas "voces psicofónicas" ante una pregunta del investigador.

En esta segunda parte del documental "El espiritismo ante la ciencia", el Dr. Miguel Ángel Sabadell intenta, nuevamente usando el método científico, grabar voces de espíritus de distintas maneras en un lugar propicio: un antiguo hospital de tuberculosos. Además analiza cómo la sugestión influye en la percepción de los sonidos.

"El espiritismo ante la ciencia" - Segunda parte: Psicofonías.

sábado, 6 de abril de 2013

Un dragón en mi garaje


“En mi garaje vive un dragón que escupe fuego por la boca”.

Supongamos que yo le hago a usted una aseveración como ésa. A lo mejor le gustaría comprobarlo, verlo usted mismo. A lo largo de los siglos ha habido innumerables historias de dragones, pero ninguna prueba real. ¡Qué oportunidad!

- Enséñemelo –me dice usted.
Yo le llevo a mi garaje. Usted mira y ve una escalera, latas de pintura vacías y un triciclo viejo, pero el dragón no está.
- ¿Dónde está el dragón? –me pregunta.
- Oh, está aquí –contesto yo moviendo la mano vagamente-. Me olvidé de decir que es un dragón invisible.
Me propone que cubra de harina el suelo del garaje para que queden marcadas las huellas del dragón.
- Buena idea –replico-, pero este dragón flota en el aire.
Entonces propone usar un detector infrarrojo para detectar el fuego invisible.
- Buena idea, pero el fuego invisible tampoco da calor.
Se puede pintar con aerosol el dragón para hacerlo visible.
- Buena idea, sólo que es un dragón incorpóreo y la pintura no se le pegaría.

Y así sucesivamente. Yo contrarresto cualquier prueba física que usted me propone con una explicación especial de por qué no funcionará.

Ahora bien, ¿cuál es la diferencia entre un dragón invisible, incorpóreo y flotante que escupe un fuego que no quema y un dragón inexistente? Si no hay manera de refutar mi opinión, si no hay ningún experimento concebible válido contra ella, ¿qué significa decir que mi dragón existe?. Su incapacidad de invalidar mi hipótesis no equivale en absoluto a demostrar que es cierta. Las afirmaciones que no pueden probarse, las aseveraciones inmunes a la refutación son verdaderamente inútiles, por mucho valor que puedan tener para inspirarnos o excitar nuestro sentido de maravilla. Lo que yo le he pedido que haga es acabar aceptando, en ausencia de pruebas, lo que yo digo.

Lo único que ha aprendido usted de mi insistencia en que hay un dragón en mi garaje es que estoy mal de la cabeza. Se preguntará, si no puede aplicarse ninguna prueba física, qué fue lo que me convenció. La posibilidad de que fuera un sueño o alucinación entraría ciertamente en su pensamiento. Pero entonces ¿por qué hablo tan en serio? A lo mejor necesito ayuda. Como mínimo, puede ser que haya infravalorado la falibilidad humana.

Imaginemos que, a pesar de que ninguna de las pruebas ha tenido éxito, usted desea mostrarse escrupulosamente abierto. En consecuencia, no rechaza de inmediato la idea de que haya un dragón que escupe fuego por la boca en mi garaje. Simplemente, la deja en suspenso. La prueba actual está francamente en contra pero, si surge algún nuevo dato, está dispuesto a examinarlo para ver si le convence. Seguramente es poco razonable por mi parte ofenderme porque no me cree; o criticarle por ser un pesado poco imaginativo... simplemente porque usted pronunció el veredicto escocés de “no demostrado”.

Imaginemos que las cosas hubieran ido de otro modo. El dragón es invisible, de acuerdo, pero aparecen huellas en la harina cuando usted mira. Su detector de infrarrojos registra algo. La pintura del aerosol revela una cresta dentada en el aire delante de usted. Por muy escéptico que pueda ser en cuanto a la existencia de dragones –por no hablar de seres invisibles– ahora debe reconocer que aquí hay algo y que, en principio, es coherente con la idea de un dragón invisible que escupe fuego por la boca.

Ahora otro guión: imaginemos que no se trata sólo de mí. Imaginemos que varias personas que usted conoce, incluyendo algunas que está seguro de que no se conocen entre ellas, le dicen que tienen dragones en sus garajes... pero en todos los casos la prueba es enloquecedoramente elusiva. Todos admitimos que nos perturba ser presas de una convicción tan extraña y tan poco sustentada por una prueba física. Ninguno de nosotros es un lunático. Especulamos sobre lo que significaría que hubiera realmente dragones escondidos en los garajes de todo el mundo y que los humanos acabáramos de enterarnos. Yo preferiría que no fuera verdad, francamente. Pero quizá todos aquellos mitos europeos y chinos antiguos sobre dragones no eran solamente mitos...

Es gratificante que ahora se informe de algunas huellas de las medidas del dragón en la harina. Pero nunca aparecen cuando hay un escéptico presente. Se plantea una explicación alternativa: tras un examen atento, parece claro que las huellas podían ser falsificadas. Otro entusiasta del dragón presenta una quemadura en el dedo y la atribuye a una extraña manifestación física del aliento de fuego del dragón. Pero también aquí hay otras posibilidades. Es evidente que hay otras maneras de quemarse los dedos además de recibir el aliento de dragones invisibles. Estas “pruebas”, por muy importantes que las consideren los defensores del dragón, son muy poco convincentes. Una vez más, el único enfoque sensato es rechazar provisionalmente la hipótesis del dragón y permanecer abierto a otros datos futuros, y preguntarse cuál puede ser la causa de que tantas personas aparentemente sanas y sobrias compartan la misma extraña ilusión.

Los dragones invisibles y los ovnis tienen, hoy en día, la misma prueba científica de su existencia.



Texto extraído del libro “El Mundo y Sus Demonios”, de Carl Sagan.