viernes, 21 de septiembre de 2012

Por qué creemos en cosas raras


En este video, grabado para TED en 2006, el Dr. Michael Shermer, escritor científico, fundador de The Skeptics Society y editor en jefe de la revista Skeptic, nos explica por qué somos tan propensos a creer en cosas extrañas. Muy recomendable.


sábado, 8 de septiembre de 2012

El pensamiento mágico no cura

por el Dr. Claudio Zin (*) 

El hombre primitivo, el de las cavernas, huérfano de conocimientos científicos, se encontró inerme frente a las fuerzas de la naturaleza. Cataclismos, terremotos, enfermedades, epidemias, conmocionaron su vida sin posibilidad alguna de entender y explicar estos fenómenos. Su extrema violencia lo aterrorizaba.

Sacrificios humanos en América
precolombina. Su objetivo era salvar al
Universo de la destrucción, asegurando
la supervivencia del sol y de la vida misma.
Por ello fue depositando sus deseos, sus miedos y necesidades de explicación en figuras (tótem), es decir en objetos que suponía cargados de poder, para sentirse protegido por ellos.

Monumentos, menhires, los astros, sacrificios a dioses enfurecidos, el pensamiento mágico delegaba en ellos la decisión de vida o muerte y las explicaciones del porqué.

En todos nosotros quedan vestigios de este tipo de estructuras que, en ocasiones, predominan frente al pensamiento científico, racional.

Tal como a ellos, el pensamiento mágico nos protege contra la angustia e indefensión que causa la ignorancia. La diferencia fundamental entre aquellos tiempos y estos, es que hoy tenemos casi siempre argumentos para comprender los hechos de la naturaleza, aunque no podamos evitarlos. De la misma manera las enfermedades.
La acupuntura es un claro ejemplo de 
pensamiento mágico, pues algunos la 
siguen empleando a pesar de los numerosos
estudios que demuestran su ineficacia.

No obstante, en muchas ocasiones el pensamiento mágico reaparece con mucha fuerza, simplemente porque está ahí, en lo profundo de nuestra mente y cuando no conocemos la esencia de los hechos, aun teniendo una explicación que sospechamos, recurrimos a él.

Nada más tranquilizador entonces que poder hallar en el mundo exterior personas y objetos todopoderosos, cuya sola invocación brinde protección y seguridad, que aleje el riesgo de sufrir por el simple hecho de invocarlos.

La homeopatía promete que una píldora que no contiene
ningún principio activo puede curar diversas enfermedades.
Otro caso más de pensamiento mágico aplicado a la medicina. 

Cuando elegimos tratamientos (agua de Querétaro o el método Hansi para el cáncer, o crotoxina, y hasta la tinta china para la culebrilla, entre otros), no probados por la ciencia formal, estamos actuando impulsados por este tipo de pensamiento.

Pero ¿qué tiene esto de malo, en qué puede perjudicar al paciente que hace lo que su profesional de cabecera le indica y solo agrega alguna cosa más, vía la magia de lo no explicado?

Por cierto, esta actitud resta efecto al tratamiento convencional, ya que parte del supuesto que por sí mismo no es suficiente, que algo más hay que hacer.


No es inocuo este planteo: “Doctor, yo tomo los medicamentos que usted me indicó para el cáncer, pero además quiero aplicarme el método H o C que promocionan por televisión, con testimonios de pacientes que prácticamente salvaron sus vidas cuando entraron al Instituto del Dr. C cuyo teléfono es…, total no hace daño”.


El Dr. Ernesto Crescenti 
promociona  su tratamiento
contra el cáncer sin estudios
que demuestren si realmente
funciona. 
En general los médicos, la mayoría, asienten creyendo que no hay nada de malo en este planteo, que está relacionado con el estado de desesperación de cualquier ser humano enfrentado al significado de muerte que encierra la palabra cáncer, aunque esto no sea así hoy en día.

A esta altura y como final de esta nota les propongo dos reflexiones: a) no sabemos si estas combinaciones, medicamentos formales más medicamentos mágicos, generan efectos indeseables o ineficacia de las drogas convencionales, nadie lo ha probado, b) la falta de fe en los medicamentos convencionales les resta efecto terapéutico.

En fin, que la magia es rápida y tentadora pero es magia y los magos de lo único que saben es de trucos. Recuérdelo cuando se siente frente al televisor y los vea actuar.





(*) Claudio Zin es médico por la UBA, ex ministro de Salud de la Pcia de Buenos Aires, investigador clínico, coordinador de Salud del Rectorado de la UBA y periodista científico.
Publicado originalmente en Infobae: El pensamiento mágico no cura

lunes, 3 de septiembre de 2012

¿Por qué la gente cree en conspiraciones? parte 1

Una mirada escéptica sobre la fascinación del público por la mala información

 por Michael Shermer


Después de una clase pública que dí en 2005, fui interpelado por un documentalista, quien al estilo Michael Moore intentaba exponer la supuesta conspiración tras los atentados de las Torres Gemelas. "¿Te refieres a la conspiración de Osama bin Laden y al Qaeda para atacar a los Estados Unidos?", le pregunté retóricamente, sabiendo qué era lo que se venía.

"Eso es lo que ellos quieren que creas”, dijo. "¿Quiénes son ellos?", le respondí. "El Gobierno", susurró, como si "ellos" nos estuvieran escuchando en ese preciso momento. "Pero acaso Osama y otros miembros de al Qaeda no dijeron que fueron ellos". Le recordé que "se enorgullecieron de que fue un triunfo glorioso".

"Oh, tu te refieres a ese video de Osama", replicó. "Eso fue un montaje hecho por la CIA y filtrado a los medios para engañarnos. Ha habido una campaña de desinformación desde el 9/11".
Imagen: Matt Collins
Las conspiraciones existen, por supuesto. Abraham Lincoln fue víctima de un asesinato, como lo fue el archiduque Franz Ferdinand, asesinado por un miembro de la sociedad secreta serbia Mano Negra. El ataque a Pearl Harbor fue una conspiración japonesa (aunque algunos piensen que Franklin Roosevelt tuvo algo que ver). El Watergate fue una conspiración (en la que Richard Nixon sí tuvo que ver). ¿Cómo establecer la diferencia entre información y desinformación?. Como dijo Kurt Cobain, el cantante de Nirvana, en una de sus canciones antes de suicidarse de un tiro en la cabeza "Que seas paranoico no significa que no estén detrás tuyo".

Sin embargo, como me dijo una vez el ayudante del ex presidente Nixon, G. Gordon Liddy (¡que de esto sabe!), el problema con las conspiraciones gubernamentales es que los burócratas son incompetentes y que la gente no sabe mantener la boca cerrada. Las conspiraciones complejas son difíciles de llevar a cabo porque es mucha la gente que quiere sus cinco minutos de fama, tanto así que ni todos los Hombres de Negro darían abasto en callar a los soplones. Por eso, cuanto más elaborada sea una teoría de conspiración y más gente aparezca involucrada, menos probabilidad hay de que sea cierta.

¿Por qué la gente cree en teorías conspirativas altamente improbables? En columnas de opinión previas he aportado respuestas parciales, (la tendencia a encontrar patrones significativos en el ruido aleatorio) y al hecho de agenticidad (la tendencia a creer que el mundo está controlado por agentes intencionales invisibles). Las teorías conspirativas conectan los puntos de sucesos aleatorios, convirtiéndolos en patrones significativos y luego infunden esos patrones con una agenda intencional. Si a esto le añadimos la propensión al sesgo de confirmación (buscar evidencias que confirmen lo que ya creemos) y al sesgo retrospectivo (que une explicaciones posteriores a los hechos con lo que ya ha ocurrido), tendremos todos los elementos de una mente conspirativa.

Ejemplos para estos procesos se pueden encontrar en el nuevo y maravilloso libro del periodista Arthur Goldwag, titulado Cultos, Conspiraciones y Sociedades Secretas (Vintage, 2009), que abarca desde la Francmasonería, los Illuminati y el Grupo Bilderberg hasta el Nuevo Orden Mundial y los helicópteros negros. "Cuando algo importante sucede, todo lo que tenga alguna relación con ello parecerá importante también. Aún el detalle más trivial parece adquirir significado", explica Goldwag, subrayando el asesinato de JFK como ejemplo. "Sabiendo lo que conocemos ahora… el archivo fílmico del Dealey Plaza del 22 de noviembre de 1963 parece repleto de todo tipo de enigmas e ironías –desde las raras expresiones en los rostros de los espectadores, instantes previos a los disparos (¿En qué estarían pensando?) hasta el juego de sombras en el fondo (¿Pudo ser aquel resplandor el reflejo del sol en el cañón de una escopeta?). Cada bulto raro, cada mancha aleatoria en la película parece sospechosa. Añade a estos factores lo que una historia bien contada puede hacer atando cabos sueltos" –pensemos en la película JFK de Oliver Stone o en el libro Ángeles y Demonios de Dan Brown, ambas obras de ficción.

¿En qué deberíamos creer? Los trascendentalistas se inclinan por creer que todo está interconectado y que todo lo que pasa ocurre por una razón. Los empiristas tienden a pensar que la aleatoriedad y la coincidencia interactúan con la red causal de nuestro mundo y que la creencia debería depender de las evidencias para cada caso en particular. El problema que enfrenta el escepticismo es que el trascendentalismo es intuitivo, mientras que el empirismo no lo es. O como el grupo de folk rock Buffalo Springfield entonó en su momento: "La paranoia golpea profundamente. A tu vida se arrastrará…"






Texto extraído de Paranoia Strikes Deep del Dr. Michael Shermer.